Nos prósimos días publicaréi el primer capítulo del meu novo proyeto en eonaviego.
viernes, 19 de junio de 2015
lunes, 14 de octubre de 2013
Las Villas.1
Se irguió la más anciana con un impulso
inesperable de su decrépita figura. Su columna encorvada se estiró en toda su
antigua altura, superando en varios dedos a las que la rodeaban. Elevó firme un
mano que un momento antes parecía temblorosa y artrítica.
Enmudeció el bosque al resonar su voz con matices
ya olvidados por sus cuerdas vocales:
- Debemos buscarla – las otras doce mujeres
bajaron los ojos al suelo, sin osar contradecirla. – Si no están presentes las catorce
villas, sabemos que no podremos hacer nada. Y llevamos casi una vida
esperándola. Transcurrieron seis vidas desde que dejaron el valle y no habían
faltado a ningún viaje. Sabemos que, al venir al último, habían dejado agitadas
sus nuevas tierras: desaparecía gente y nadie quería alejarse, pero tampoco
ocupar las casas vacías. Pero estaban lejos y no nos decidimos a ofrecérseles
nuestra ayuda cuando regresaban – tomó aliento antes de continuar con renovadas
energías: - ¡Los abandonamos! – aún se hundieron más las cabezas. – No tuvimos
noticias de su llegada ni de lo que encontraron a su regreso, pero continuamos
esperando hasta que los emigrados indagaron los motivos por los que no habíamos
enviado el viaje de la vida que ha pasado. Y ni aún ahora hemos hecho nada por
localizar la villa perdida. ¿Qué más estamos esperando? ¿Qué también sean ellos
quienes vayan a buscarla?
Se le rompió la voz en un suspiro y cayó
desmadejada en el asiento de piedra cubierto de hiedra, los ojos como ascuas en
el rostro blanquecino.
Quedaron en silencio hasta que, pasados unos
momentos, se levantó una de las más jóvenes:
- Yo no estuve en el encuentro de la vida pasada y
solo sé lo que ocurrió a través de las memorias de la villa a la que
pertenezco. Pero sé que, en este tiempo, nadie quiso ir a buscarlos… Los abandonamos:
a ellos y a los emigrados. Ahora acuden a nosotros preguntando porqué no
continúan los viajes. ¿Vamos a actuar como si no los hubiésemos escuchado? Las
memorias recogen dónde está la villa y cómo llegar a ella. Debemos decidir sin
más demora quién va a buscarla.
- ¡La urgencia de la juventud…! – se escuchó
susurrar.
Aquel comentario revivió a la anciana:
- Para sosiego de ancianos ya hemos tenido vida y
media… - contestó sin levantarse y, dirigiéndose a la joven, añadió: - Dispón
tú misma lo que sea preciso, que nosotras obedeceremos – se puso en pie para
despedir la reunión, echando su corona de hojas al pozo de piedra en el centro
del círculo que formaban los asientos.
Tras ella, pasaron junto al pozo todas las demás,
tirando cada una su corona, todas de hojas distintas, y siguieron el sendero
que llevaba afuera del bosque. La hiedra aplastada de los asientos empezaban ya
a recuperarse con rumor de hojas y ramitas. Solamente las de uno continuaban
silenciosas debajo del escaso peso de dos coronas, una que apenas era ya un
esqueleto de ramas secas y otra de brillantes hojas de acebo.
Como llevadas por espíritus, las palabras del
encuentro estuvieron muy pronto en todas las conversaciones y, poco después,
grupos de gente se acercaban a la plaza, esperando que alguien comunicase la
decisión del Consejo de Villanas. Disponían del tiempo máximo de doce lunas
nuevas para preparar el viaje de los ciento ochenta y dos emigrantes, ciento
noventa y seis debían de ser si se reunía la gente de las catorce villas, y
esta vez debería ser así: el enviado de la isla había traído el encargo de
buscar la villa que hacía la número catorce para que viajase el grupo entero.
Pero eran las Villanas quienes debían decidir si iban a buscarla o dejaban que
fuesen los Emigrados quienes lo hiciesen.
Trece días habían transcurrido desde la llegada
del barco al puerto de la última villa, uno de viaje río arriba de villa a
villa y otro más cuando llegaron a la primera, esperando por la que faltaba,
aún sabiendo que no iba a llegar nadie. Se reunieron las comitivas que
representaban a cada villa para celebrar la primera de las trece reuniones y,
después de los saludos y las presentaciones oficiales, tomó la palabra el
Enviado de La Isla. Su intervención no ofreció agradecimientos ni narraciones
halagüeñas sobre la vida en La Isla:
- … ¿De qué sirve continuar realizando estos
viajes, que emigre gente a otra tierra cruzando el mar, para conservar las
raíces de nuestro pueblo y los que están en La Isla no olviden a los hermanos
de Tierra Firme, ni los de tierra a los de la Isla, si no sois capaces de
buscar a otros hermanos que también se fueron lejos, aunque no cruzasen el mar?
La villa del Acebo echó raíces en otro lugar, lejos de este valle en el que
había nacido, para dejar sitio a las villas que estaban creciendo más y
necesitaban mayor espacio y vosotros fuisteis tan agradecidos que aún no os
habéis molestado en buscarlos al ver que no acudían al último Viaje. El Consejo
de La Isla ha decidido que no recibirá un Viaje más si no los forman los ciento
noventa y seis emigrantes, catorce de cada Villa. Y si no vais a buscarla
vosotros, iremos nosotros, los Emigrados, en busca de nuestros hermanos, esos a
los que habéis abandonado.
Porque, si no respetáis los lazos entre las Villas de Tierra Firme,
¿de qué sirve respetarlos con la del mar?
Se escucharon voces replicando que habían sido
ellos quienes no habían acudido. Otras hablando de viajes largos y sin rumbo
conocido. Y aún otras de lazos con la tierra, con el valle, que era donde
debían estar las Villas que participasen en el Viaje, y que irse del valle
había sido renunciar a la hermandad de las Villas.
- Catorce villas fuisteis siempre, desde que se
guarda memoria, y catorce enviaron gente a La Isla. Nunca se habló de Valle ni
de dónde vivían los que iban. Tampoco importó nunca subir hasta la primera
villa para celebrar estos encuentros y siempre se avisó a las Villas para que
acudiesen. Hace cinco vidas, la Villa del Sauce quedó arrasada por el río y se
trasladó río arriba y hasta allí fueron a llamarlos para que participasen en el
Viaje. La Villa del Acebo se fue hacia el Este y nadie intentó buscarlos para
avisarlos del Viaje. El azar propició que llegasen al último que acudieron,
guiándose por sus propios cálculos, y nadie se preocupó de indagar si habían
regresado con bien a la Villa o quedado en el camino. ¿O no fue así? – al no
responder nadie, continuó el Enviado: - Reunid el Consejo y que decida. Si no
vais a buscarla, partimos. Volveremos a la Villa del Junco y la buscaremos
nosotros. Aguardo vuestra respuesta.
Nunca un Enviado de La Isla había sido tan duro
exigiendo compromisos al Consejo ni amenazando con romper sus lazos con las
Villas de Tierra Firme, pero todos sabían que sus acusaciones estaban bien
justificadas. Muchas discusiones se habían dado después del último viaje sobre lo
que debían o no hacer respecto a la situación en que parecía estar la Villa del
Acebo, pero no se había llegado tomar ninguna decisión y todo había quedado en
preocupaciones, sin que nadie hiciese nada por encontrarla y conservar los
lazos, aunque muchos pensasen que debía hacerse. Y había seguido pasando el
tiempo sin que nadie tuviese la iniciativa de buscar la Villa del Acebo, ni
solo ni con el apoyo del Consejo.
Una vez el Consejo de Villanas hubo tomado la
decisión de ir a buscar la Villa del Acebo y se lo hubo comunicado a las
delegaciones de las Villas, ya no había más vueltas que darle, aunque para
llegar a ello hubiesen perdido casi dos vidas. Antes de la siguiente luna nueva
tenía que estar preparado el viaje de búsqueda y para eso había que escoger
quiénes iban a ir, preparar provisiones y equipos y, sobre todo, recopilar toda
la información que existiese sobre el lugar donde se había asentado la Villa.
Darna, la Villana que había dado el último impulso
al Consejo, había puesto en marcha a la gente, repartiendo las tareas para
organizar la Búsqueda, como ya le llamaban al viaje al encuentro de la Villa
del Acebo. No quería que fuese un grupo muy numeroso, pero necesitaban gente
con buena salud y saberes variados, condiciones éstas que no acostumbraban a
darse juntas.
Planeaban seguir la ruta que habían utilizado los
últimos que volvieran al Valle, hasta donde les fuese posible, porque, como
comprobó al consultar los archivos de las reuniones de aquel Viaje, no estaba
demasiado detallada; no se habían recogido más que comentarios acerca de
curiosidades vistas o sucedidas en el viaje: una catarata, un pueblo con otras
costumbres, un paso peligroso… Sabían por otras observaciones que, antes de
encontrar dónde asentarse, habían recorrido tierras casi despobladas, poco
apropiadas para la forma de vida que conocían, atravesado montes y cruzado ríos
en su búsqueda de un lugar donde instalarse.
Siendo optimista, Darna quería pensar que quizás
habían ido tan al Este para encontrar un sitio un poco parecido al Valle que
abandonaban. Pero intuía que no podía fiarse de un pensamiento tan sencillo,
sabiendo que la Villa viajaba con niños y ancianos, gente que nacía y gente que
enfermaba en el camino; en esas condiciones cualquier lugar más o menos
apropiado parecería bueno para instalarse y la lejanía del nuevo asentamiento
de la Villa del Acebo no auguraría buen viaje a quien emprendiese su búsqueda. De
cualquier modo, no iba a saber porqué habían llegado tan lejos hasta que ellos
mismos no recorriesen el camino hasta la Villa, aunque lo hiciesen siguiendo la
ruta de los últimos emigrados y no el lento peregrinaje que debía de haber sido
el del traslado de todo un pueblo.
La Búsqueda iba a consistir en algo más que en
viajar hasta la Villa del Acebo para invitarlos a participar en el Viaje de esa
vida. Buscaba también los motivos que explicasen las ausencias y el silencio de
las últimas vidas, que hacían pensar que quizás la Villa hubiese preferido
olvidar a las hermanas, aunque tampoco éstas habían hecho nada por mantener la
comunicación con ella.
El edificio donde estaban los archivos era una
casa de piedra y pizarra donde cada Villa tenía una sala enorme llena de
documentos clasificados por años y guardados con sumo cuidado, a salvo de
incendios, humedad y parásitos, por un equipo de personas capaces de moverse
entre aquellos cajones con la seguridad de un topo en su madriguera. Había
además una sala exclusiva para guardar los registros de todas las reuniones de
cada uno de los Viajes, desde el primero de un grupo de gente con ganas de ver
mundo que encontró por casualidad un lugar donde vivir de otra manera y regresaron
a por más inconformistas dispuestos a poblar aquella isla deshabitada.
La maciza puerta de roble forrada con planchas de
hierro se abría a un pasillo que recorría el largo de la fachada, pintada por
dentro con el mapa del Valle de las Villas, y catorce altas puertas en la pared
interior. La primera de las puertas era la de la Villa del Junco y la última,
al fondo del largo corredor, la del Tejo, en la que estaba el archivo, el claro
del pozo y la sede del Consejo de Villanas. Entre una y otra puertas, siguiendo
el mapa de la pared, se abrían las puertas del resto de las villas en el orden
en que se iban encontrando al ascender el río. La séptima era la puerta de la
Villa del Acebo, donde estaba antes de dejar sitio a la del Castaño y la del
Sauce.
Se abrió la puerta sin hacer ruido, dejando paso a
una sala llena de estanterías entre las que asomó al momento un hombre:
- Acompáñeme por aquí. Ahí tiene los mapas más
detallados que va a encontrar de la ruta hasta la Villa del Acebo y aquí tiene
las copias. Pero no serán de mucha utilidad, son demasiado sencillos, apuntes
de las delegaciones que han venido. Tendrá que buscar más detalles en el
registro de las Reuniones. Aquí solamente constan nombres y familias de quienes
formaban la Villa cuando decidieron partir.
Con las copias bajo el brazo, Darna se dirigió a
las sala de las Reuniones, en la segunda planta, donde ya la estaba esperando
el encargado con copias de las actas que recogían datos sobre la Villa del
Acebo desde que había dejado el Valle. Una vez decidido hacer el viaje, la
maquinaria del Consejo se había puesto a funcionar y en el mismo día Darna ya
tenía a su disposición gente y documentos para preparar al Búsqueda.
Salía de la Casa de la Memoria hacia la que
ocupaba con el resto de la delegación de su villa, dispuesta a enfrascarse en
el estudio de los documentos en busca de detalles que ayudasen a organizar el
viaje, cuando le cortó el paso el Enviado, interesado en la labor que le habían
encargado.
- Queremos salir con la luna nueva y aún no
sabemos nada de la ruta que debemos tomar. Aquí llevo copias de toda la
información que hay sobre el viaje de la Villa para preparar lo mejor que sea
posible un mapa de las tierras que
tendremos que recorrer. Cuando termine, lo presentaré en la Reunión. Con
permiso…
La Villana esquivó al hombre y echó a andar hacia
la casa asignada a la delegación de su Villa.
- Conozco los mapas y dibujo bastante bien – se
giró Darna para observarlo de frente, esperando que se explicase. – Y tengo
intención de solicitar plaza en el viaje, así que puede ser buena idea que me
familiarice con la ruta desde el principio.
- Si tiene interés en ir, nadie se lo va a
impedir, pero será uno más y como tal puede empezar por ayudar a preparar la
ruta. Venga conmigo – no iba a discutir con él si estaba de acuerdo o no con su
decisión de ir y, siendo quien era, si quería ir, iría. Además, a ella le
vendría bien cualquier ayuda, aunque, para repartir el trabajo, hubiese
preferido un ayudante con quien tuviese confianza.
Llegaron a la casa del Roble, donde ya había
preparada una sala para trabajar: una mesa larga con material para escribir y
una pizarra grande ocupando la mitad de una pared y cubierta la otra mitad con
soportes para colgar las copias de los planos que le habían dado a Darna. La
esperaba su ayudante, terminando de colocar las cosas como más cómodo le
parecía que iban a tenerlas para trabajar, quien se quedó mirando al hombre que
llegaba con la Villana. Por su atavío, identificó al Enviado, pero aún esperó
un saludo formal para hablar:
- Me acompaña… - Darna miró al hombre, dándose
cuenta de que no sabía su nombre.
- Brado.
- El Enviado de La Isla. Nos ayudará a preparar
los mapas y vendrá en la Búsqueda. Ella es Ricana, mi ayudante – sin más
presentaciones, continuó: - Esta son las copias de todos los documentos que
existen sobre la ruta del Acebo. Hay algún mapa, pero muy incompleto. Aún así,
podrá servirnos de guía y lo completaremos con los datos que vayamos
encontrando.
Entre los tres extendieron primero sobre la mesa y
después en los soportes, para tenerlos a la vista, los cinco mapas que estaban
entre los documentos. Cuando el Encargado de la Sala del Acebo había dicho que
no eran muy detallados, estaba siendo muy optimista. Los cinco eran versiones
más o menos grandes del mismo mapa y la ruta que trazaban cruzaba seis ríos y
dos pasos de montaña, bajaba a la costa tres veces y señalaba cuatro pueblos
distintos hasta llegar al valle en el que se habían asentado, más cerca del mar
de lo que estaba la Villa del Acebo original.
- Encontraron seis ríos antes de llegar a su
valle. ¿Por qué no se detuvieron en el valle de alguno de ellos? No señalaron
barrancos ni otros pueblos… - comentó Ricana, estudiando con curiosidad los
mapas.
- Existen otros motivos para no instalarse en un
lugar que no tienen porqué aparecer en los mapas… - respondió el Enviado.
- Empecemos con los documentos. Lo que recogen en
los mapas ya lo tenemos claro, ahora debemos buscar detalle que nos ayuden a
completarlos – al tiempo que hablaba, Darna iba separando los documentos en dos
filas por cada una de las seis vidas de las que tenían datos: una para las
Reuniones y otra para las memorias de la Sala. - Habrá más nuevas en la primera
vida después de la marcha: era novedad y tendrían muchas cosas qué contar.
Mejor será que nos sentemos y empecemos a leer – indicó, dando ejemplo.
Cada uno cogió un pliego de la fila de las
memorias de la primera vida y comenzó a leer.
- Esto cuenta cómo es el lugar donde viven, el
valle y la villa que están empezando a construir – apuntó Ricana, ojeando el
documento que había cogido.
- Y esto la relación de los que llegaron – dijo a
modo de respuesta Darna, cerrando el suyo.
- Ten: vete leyendo en alto. Ricana, ven anotando
conmigo en el mapa… En este – escogió el mayor el Enviado, después de tenderle
el documento a la Villana.
Pero aquello tampoco era la crónica del viaje,
sino un relato de la ruta que habían hecho y que era, más o menos, lo que
estaba recogido ya en el mapa; aunque, con la lectura de Darna, lograron
señalar algún barranco importante y un bosque cerrado que cortaba el paso de
Norte a Sur y que los había obligado a bajar a la costa para poder continuar
hacia el Este. El siguiente obstáculo que habían encontrado lo sortearon
subiendo las montañas. Y poco más pudieron extraer de aquel documento.
Una vez señalados en el mapa los nuevos detalles,
tuvieron una visión un poco más clara del camino que había seguido la Villa del
Acebo buscando dónde vivir. Hasta podían llegar a imaginar las dificultades que
habrían tenido para decidir cuál podía ser la mejor ruta para seguir la
búsqueda de un valle apropiado. Habían seguido una ruta larga que denotaba que
no era fruto de un plan, si no el resultado de un peregrinaje sin rumbo fijo:
subía montes y volvía a bajarlos cuando a poca distancia debía de haber un paso
o un valle, cruzaban ríos por sitios difíciles cuando, un poco más abajo o más
arriba, debía de haber un vado que pudiesen atravesar sin tanto sufrimiento, y
después dejaban el rumbo este para volver a él, sin razones aparentes ni para
dejarlo ni para retomarlo.
Llegó la noche sin que todo el trabajo que habían
realizado les sirviese para encontrar una ruta adecuada para la Búsqueda. Pero
les sirvió para conocer mejor la dura prueba que había supuesto el viaje para
la Villa, obligándose a recordar que aquel peregrinaje lo había realizado gente
de toda edad y condición, pues nadie de la Villa del Acebo había quedado en el
Valle, y había sido un viaje sin más destino que el Este y sin más meta que un
lugar para vivir; un lugar que tuvieron que buscar a ciegas, como habían hecho
la ruta, sabiendo cuando habían salido pero no cuando iban a llegar, ni
cuántos, ni cómo.
Salieron de la sala dejando el trabajo tal y como
lo tenían para ir a cenar en la misma casa. Se sentaron en una mesa apartada
del resto y comieron lo que les sirvieron sin cruzar ni una palabra,
concentrado cada uno en sus ideas, digiriendo junto con la comida lo que
acababan de conocer, pensando si el viaje que iban a realizar dentro de poco
tiempo sería comparable con el que había vivido la Villa. Por bien que lograsen
dibujar la ruta, tendrían que recorrer el camino. Y tampoco ellos sabían qué
encontrarían al final del viaje, porqué no había llegado nadie de la Villa a
los últimos encuentros. Ninguno de los tres se atrevía a pensar qué habría podido
ocurrir para obligarlos a romper la tradición, sin avisar, llegando a temer que
les tocase a ellos, a los catorce que iban ir en busca de la Villa, saber qué había sido de los hermanos,
de los últimos viajeros que habían acudido al encuentro de hacía dos vidas y
del reto de la Villa del Acebo.
- Iré a buscar algún documento para leer e ir
adelantando trabajo para mañana – anunció el Enviado, mientras se levantaba de
la mesa, dando por terminada la cena.
- También yo pensaba hacerlo…
miércoles, 25 de septiembre de 2013
As Perpetuas
0.
“Todo
chega a tempo al que pode esperar”
F. Rabelau
Nel oscuridá qu’as velas da llámpara nin os cirios
del altar chegaban a clariar brillaba, como se tuvera lluz nella, a sabaniya
nova. Úa cuarta llarga de puntilla blanca cayía por el frente y os llaos da mesa
y condo el cura abrío el sagrario outro chorro de lluz pareceo salir de dentro.
El conopeo era da misma tela blanquísima con un bordao de finíos filos d’ouro
que se vían brillar de llonxe.
Y aquel día, en cada misa, don Urbano abría inda
con más solenidá que outras veces el sagrario y baxaba inda más a cabeza al fer
el saludo al Santísimo, sabendo ben cómo se vía eso desd’unde taba a xente.
Aquel cura sempre fora muy curioso pa roupa y el
resto das cousas de misar. Gustábaye teyas llimpas y conto miyores podese. Y
que se visen:
- A xente, pa que teña respeto ás cousas, ten que
vellas de llonxe y saber que nun pode tocallas calquera. Y conto más y’entran
pollos oyos, más las respetan – comentaba na tertulia da sacristía.
Condo, dez anos, antes chegara a aquella parroquia
y ye puxeran delante a roupa que tía el iglesia, pensóu chorar al vella. En
tempos pode que fose abondo búa y non muy fea, pro condo él chegóu parecían
telas d’araña, según taban d’usadas, inda qu’as muyeres que la llavaban tuvesen
ben orgullosas d’ella. Por esas muyeres soubo porqué taba a roupa tan gastadía
y nun había ningúa nova.
- Habella, haila, don Urbano –contestáronye. – Pro
e qu’a señora nun quer que s’use.
- ¿Qué “señora” é esa que tanto manda nel que nun
é d’ella? ¡Porque nun creo que teis falando da nosa señora a Santa Virxen…!
- ¡Non, ho! É a señora, doña Carmen, a del
palacio… É que sempre foron as amas d’esa casa as que llevaron conta das roupas
del iglesia, pero como ahora doña Carmen nun pode, llavámosla nosoutras, inda qu’ella
siga mirando a que s’usa y condo…
- Xa iréi fala eo con ella.
Aquella misma tarde foi don Urbano tomar el
chocolate al palacio y aprovechóu a visita pa tratar el asunto da roupa del
iglesia. Ben sabía doña Carmen cómo taba a roupa, gastadía y acabada.
- Pro ¿qué quer? ¿Qué poña a que traen esas
condanadas, qu’a saber cómo viven y na más dan por ferse ver?
- Ay, fiya, esqueices que na más Dios pode escoyer
quen lo sirva. Además, ¿nun é un obra de caridad acetar esos frutos del
sacrificio? ¡Igual hasta son penitencias pollos sous pecaos! Y os llabores que
yes costan tamén son úa penitencia…
- Nunca lo
vira d’ese xeito. Don Crescencio sempre dicía qu’as cousas del Iglesia eran
santas y nun podía andar con ellas cualquera…
- Eso é verdá, pro nun ten que ver col qu’a xente
regala…
Con estas y outras razóis pol estilo quedóu
convencida doña Carmen de que tía qu’ir sacando roupa nova, inda que fose a
costa de repitir a quen quixese oilla qu’aquellas cousas novas eran remendos
que quirían tapar os pecaos de quen las donara, que se por ella fose, poñíanse
col nome ben clarín, pro que xa se sabía qu’el secreto de confesión nun se
podía romper.
Prefirío nun responder don Urbano y estrenar
roupa, qu’arriesgar un enfado d’aquella doña, que parecía gobernar toda a súa
feligresía.
Pro inda nun taban as cousas al gusto del cura,
porqu’a pouco d’empezar a sacar roupa nova, deóse conta de qu’había santos
desgraciaos naquella iglesia que por nun ter nin tían quén yes puxese un ramo
delante nin ye sacase brillo a cruz, sequera pa festa del pueblo. Así
encontróuse con un montón de sabaniyas, y hasta mantos, pr’algús santos y os
sous altares y outros que tían ún y todo acabao.
Dalgús inda tían fácil amaño, que con poñer as
sabaniyas d’outros chegaba, pro os dous das capillías de xunt’a porta, más
pequenos qu’el resto y a cual más probe, nun tían amaño posible como nun fose
fellas novas pa ellos. Inda tía outro problema el bon del cura cua roupa y era que, botadas as cabezas a pensar cousas
novas pa bordar, case cayían na herexía. El Cordeiro divino xa era cabrito, por
nun dicir outra cousa pior, ou toro, que tamén podía parecello. San José xa nun
tía el cayao florido, senon un xardín; el arcángel San Miguel más parecía
demonio, con cornos y todo, nun paño d’altar.
Vendo todo eso, volveo don Urbano a tomar contas
nel asunto y empezóu por enterarse quén bordaba tales cousas y d’únde poderan
sacallas. Algúa había que la fixera quen la donara; pro a mayoría eran encargos
á xente que se dedicaba a eso ou tía vagar y gusto pa fello.
- ¿Y nun hay naide que borde pa fora en toda a
parroquia?
- Hay, ho. As de Perpetua.
En siguida ye sacaron ús corporales y úa sabaniya
del altar mayor, inda por estrenar, que ye daban cen voltas a toda el outra
roupa, inda con ser género y filo corrente.
- Esto ofrecéulo a madre, Perpetua, condo naceo
con ben a nena pequena. Y as fiyas inda trabayan miyor qu’ella. Y a bon precio,
que nun cobran por el que fain senon pol tempo que yes lleva…
Botóu contas el cura y determinóu ir falar con
ellas. Se as cousas iban como él quería, d’allí pr’adelante as donacióis iban
feryas según según él dixese. A xente qu’ofrecese, que xa feiría él el que
miyor ye parecese coas ofrendas a os santos. Pol momento, nel homilía del
domingo seguinte, botando mao d’aquello de “Repartíase a cada ún según a
necesidá que tuvese”, avisóu qu’eso mismo iba fer él coas donacióis que
quixesen ferse al iglesia. El que quixese regalar algo tía que falar primeiro
con él pa dicidir qué iba ser el que regalase, según a necesidá qu’houbese.
Foi despós, aquella misma tarde, ver ás nenas da
Perpetua, xa cun encargo na mente: dúas sabaniyas ben guapas pa os probes San
Xorxe y Santo Domingo, que xa convencería a doña Carmen que las pagase.
viernes, 19 de julio de 2013
Duas docías de recordos...
1.
El sabor das moras coyidas por a tua mao, inda
que acabe en indigestión.
2.
Ua sapagueira a punto de chumbiar nun plato de
sopa.
3.
Un dido oportuno nel vaso de leche chen pra nun
ter qu’erguerse buscar más.
4.
Un macho revixindo el focico por comer torta de rinchos
ou empanada.
5.
Conversaciois sin muito sentido pra comprobar un
despertar.
6.
Un “tururú” pr’acabar as discusiois.
7.
Escolanzos y ratos como trofeos del herba seca.
8.
Versiois novas de canciois veyas condo nun se
sabe a lletra.
9.
Un baile llibre condo e difícil seguir a música
con dous pes zurdos.
10.
Toda ua batalla por un chucho.
11.
Un nío de mirlos coa sorpresa d’un cuco.
12.
Un balonazo y un pañuelo como sacadentes.
13.
Us chalanos que nunca saliron da caxa.
14.
Níos y toboganes d’herba seca nel pajar.
15.
Rendición de vaqueros sin derecho a escusao.
16.
Aguadilla sin querer por ua sandalia ben
apretada.
17.
Un inesperado regalo de Reyes con el primer
sueldo.
18.
Un abrazo sincero entre os más queridos.
19.
Un moratón ben merecido por chegar tarde un día
tan especial.
20.
Tantas festas de prao con partida incluida.
21.
El primer culín bebido, el primer culín mazao.
22.
Moyadura de brao por nun ver vir el torbón.
23.
Gaiteiros y tratores pra despertar á xente.
24.
Y ua voz desentonada cantando al final de ua
xira más…
viernes, 12 de julio de 2013
Mar de niebla
Antes de
llegar siquiera a oírlo, se advierte su cercanía por una leve ondulación en el
manto de niebla que cubre hoy todo este paisaje tan cotidiano; un poco más
tarde y más cerca llega el sonido tenue de su chapoteo contra los cantos de la
playa.
-
Es inútil: hoy no podremos comprobar nada. Si no
vemos ni la boya…
La voz suena
extraña envuelta en este manto que parece silencioso aunque, si escuchas
atentamente, percibes lleno de sonido, no solo el de las leves olas en su
vaivén continuo en la orilla, o, un poco más lejos, golpeando rítmicamente
contra los peñascos que cercan la ensenada; también están las voces de las
gaviotas que llegan desde un lugar impreciso en el gris que unifica cielo,
arena, acantilado y mar en redor. Y otros mil sonidos a la vez amortiguados y
amplificados por la niebla.
-
Espera un poco. Quizás se abra un claro y
podamos hacer la comprobación en un instante, antes de que vuelva a cerrarse…
No es una
intuición, se presiente con una claridad extraña, de celaje murillense: una
tonalidad aurea hace brillar la niebla justo antes de abrirle un estrecho
pasillo al sol, suficiente para comprobar la medición de la boya antes de que
vuelva a caer el telón sobre el escenario, más opaco incluso que antes, quizás
por contraste con la luz anterior.
-
0.05 metros. Marea muerta a las 12:34. O
moribunda si lo prefieres… Yo no me quedo al sepelio. ¿Te vienes?
No, mejor me
quedo un rato y subo dando un paseo entre esta nube que nos envuelve como
jirones de fríos y húmedos sudarios. Humedad para la que no sirven
chubasqueros, porque sale también de dentro, como si nuestra parte líquida
quisiera filtrarse fuera de nuestro cuerpo para reunirse con la que flota
alrededor, tangible, compacta y un punto juguetona, que se va apartando lo
justo para que no lleguemos a mezclarnos con ella.
Y navegando
en este mar gaseoso llegan los barcos del recuerdo: cuando la niebla era un
aliado en el juego del escondite o una disculpa para acechar sigilosos a
cualquier amigo…
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